Blogs

Tags

EL ORIGEN DE LAS CASAS DE TÉ (VIAJAMOS AL PASADO DE JAPÓN)

08/JUN

Corría el periodo Muromachi (1334-1573). A medida que los guerreros se dejaban subyugar por las suavidades del lujo y el arte, se hallaban los monasterios zen en una comprometida contradicción. Por una parte, eran recoleto lugar de meditación, apartado del bullicioso ajetreo de la corte. Por otra, dado que los monjes dedicaban sus ocios al arte -hay que recordar que el estilo monocromo sumie nació durante esta época como obra de aficionado, como ocio del monje budista que sabía suplir su falta de profesionalismo por aquella palpitante emoción de lo imperfecto- eran centro de reunión de las gentes cortesanas, de los coleccionistas, de todos aquellos que anhelaban poseer una pieza de arte única, adquirible, precisamente, sólo en el recinto de un monasterio. Y así, contradictoriamente, los monasterios fueron lugares grandemente concurridos.

 

Los samurais habían convertido sus sables en preciosos objetos de arte, vivían en olvido de las cosas de gobierno, e hicieron de Kioto la émula de la Florencia renacentista. La vida cortesana alcanzaba las cumbres de la sofisticación y atenazaba al individuo a las cadenas, sutiles pero agobiantes, del protocolo. Los notables, lo eran si sabían por igual escribir poesía, pintar, atesorar cerámicas, lacados y objetos de belleza singular, dar fiestas sutuosas y organizar entretenidas representaciones teatrales.

 

En los fastos del siglo XVI, era lógico que no cupiera para el zen más que la superficialidad y lo anodino. Así se puso en boga la ceremonia del te como contrapartida, como oasis en la fatigosa vida de la corte, como posibilidad de evadir un cierto protocolo. Pero para aquellas gentes agitadas y superficiales, la ceremonia del té no podía ser otra cosa, en fin, que una ceremonia más. Y así la integraron en su mundo movido y frívolo a modo de una sutil charada de la cortesía. Les estaba vedado comprender los valores intrínsecos, su auténtico sentido, ahondar en los principios de meditación budista. Y así, como tantas veces en la historia, se contentaban satisfechos con un mimetismo de las formas externas; con hacer como que se hacía.

Sólo a partir de este estado de cosas, puede apreciarse la revolucionaria personalidad de Sen Rikiu (1521-1591), el maestro de la ceremonia del té cuyo nombre ha quedado unido al de Daitoku-ji. Vió el advenimiento de una nueva época, la Momoyama (1585-1615), en que se estableció una especie de dictadura política sobre la corte enamorada del lujo y sostenida por la nueva clase de comerciantes. Sen Rikiu comenzó a suprimir en la ceremonia del té que como maestro presidía, todo aquello que, teniendo origen chino, resultaba enigmático e incomprensible a sus invitados; todo lo mimético y rutinario, para conseguir que aquel momento de reposo y meditación se convirtiera en un enfrentamiento de cada individuo consigo mismo, en una oportunidad para cada uno de los invitados de reflexionar profundamente sobre su propia persona hasta logar situarla en el lugar que le correspondía en el universo.

 

Hubo en la historia hasta sesenta submonasterios en el complejo de Daitoku-ji; independientes entre sí, comunicados por silenciosas avenidas de piedra pero que salvaduardaban tras sus propios muros de bambú el maspreciado de los atributos del zen: el individualismo. Así cada monasterio tenía su nombre, sus maestros y sus discípulos, sus dependencias y sus jardines, sus colecciones de pintura y cerámica. Subsisten en la actualidad todavía veintidos o veintitrés de ellos. En uno de las más famosos, Daisen-in, preparó el té Sen Rikiu para el mejor de sus amigos, Taiko Hideoshi, el dictador de los destinos del Japón de su tiempo, el protector de Daitoku-ji y forjador de su época dorada.

Sen Rikiu perdió la gracia de su señór por alguna de las varias versiones que se cuentan del hecho -porque no quiso darle a su hija por esposa o porque el dictador descubrió que pretendía envenenarle con una aromática y amistosas taza de té, o quizá por pecado de soberbia, porque cuentan las fuentes que, con exagerado anhelo de inmortalidad pretendió incluir su propia imagen entre las que coronaban el Sanmon, la puerta sagrada de Daitoku-ji. Lo cierto es que de pronto, Sen Rikiu se vio agraciado por la orden de su amigo el dictador Hideioshi con el honor de quitarse la vida.

 

Sen Rikiu, el día fijado, invitó a sus discípulos más queridos a tomar el té. En uno de los monasterios de Daitoku-ji, en el de Jukoin, sirvió el maestro por última vez el líquido verde, humeante; por última vez oyó elogiar los utensilios que habían conseguido aunar lo bello con lo tosco y sencillo en esa cualidad del zen que llamamos wabi. Y después de haberse concentrado por última vez en sí mismo, hizo don de ellos a sus discípulos; luego arrojó contra el suelo la taza vacía en que acababa de beber su té -"que jamás de esa taza mancillada por mi degracia pueda beber otro hombre", despidió ceremoniosamente a sus invitados y quedó para siempre solo en el monasterio de Jukoin, donde aún hoy puede visitarse su tumba.

 

A Sen Rikiu se le atribuye la creación de la sukia o chahitsu, la casa de té, un pequeño edificio independiente o sólo una estancia simple, sencilla, austera. Techumbre de paja - era el techo el elemento más importante de la casa campesina, verdadero símbolo de unión entre cielo y tierra, que durante la estación lluviosa protegía las delgadas paredes de la lluvia -apoyada sobre postes de madera lisos y sisn acabado. El espacio interior, suficiente para cinco invitados más el maestro, aparecía vacío; sólo el tokonoma donde colgar una pintura y colocar un jarro de flores, un hoyo en el suelo donde hacer fuego y calentar la marmita. El refinamiento de lo sencillo en que nada se deja a azar y todo es producto de premeditada volunta artística; en que se rechaza lo simétrico porque entraña repetición.

 

La casa de té de Sen Rikiu, inspirada en la choza campesina, pasó a representar para la alta sociedad de la época el ideal arquitectónico, y dando origen al shoin -estancia mínima que tiene imprescindiblemente un tokonoma, un chigaidana (estantería)- venció a la tradición aristocrática. Su suprema sencillez acabó representar el prototipo de palacio residencial.

 

 

Añadir Comentario

Dejar este campo en blanco (anti spam):