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LA INFUSIÓN TRANSCENDENTAL

07/SEP

El té se ha convertido en bebida universal, y amén de esto, mítica y aún religiosa: tanto cuando los árabes nos lo ofrecen para agasajar nuestra llegada como en el té de las cinco inglés, o en el ritual japonés, que nos invita a tomarlo con trascendencia. Con azúcar, solo o con pastas, la ceremonia es la misma. Quianlong, emperador de la China, tomaba el té con leche añadiendo a la infusión un buen trozo de mantequilla, costumbre que venía de las más profundas tradiciones de su país. El té lo toman desde siempre los tibetanos con ese añadido calórico, la mantequilla de yak, imprescindible para soportar con alegría las frías temperaturas ambientales y por tanto formando parte de sus vidas.

Y decir China es hablar del té, ya que de allí procede el arbusto de ese nombre, las hojas que lo cubren y la bebida que con ellas se confecciona. Parece que fue el sabio Shennang, hermano del Emperador Amarillo, de la dinastía Zhou, quien en los años dos mil ochocientos antes de nuestra era encontró la planta, la calificó, la incluyó entre los remedios de la medicina china que él desarrolló, y además de todo eso la convirtió en moda para bebedores que deseaban limpiar sus cuerpos con la infusión.

Una infusión, la del té, con trascendencia universal, y es que por razón de los impuestos que el rey Jorge quiso imponer a las colonias americanas, estas se rebelaron e independizaron -esa historia cuentan los libros- y dieron lugar a los actuales EE UU, donde, por cierto, se utiliza el té mucho menos de lo que parecería educado ante tamaño favor.

El arbusto nació en la China pero derivó hacia la India y Ceilán, y hacia Kenia y Turquía, que lo adoran, producen y consumen en grandísimas cantidades. Hasta un total de más de tres millones de toneladas al año, lo que considerando el peso de la hoja desecada parece una barbaridad, a todos menos a los abnegados marinos que lo transportaron en otras épocas al continente, que obtenían por su rapidez y buen hacer innumerables premios y regalías.

En nuestro entorno hay incondicionales y forofos -aunque deberemos reconocer que no son mayoría- que tienen en la cabeza su té ideal o se pirran por probar las infinitas posibilidades que les brinda el mercado. Además de las fórmulas remotas, que distinguen las hojas según su nivel de oxidación, y que van del blanco al negro pasando por el verde y algunos tostados, y otras calificaciones posteriores que definen el grado de fermentación, el picado de la hoja y su acumulación, lo cierto es que para experimentar nuevas sensaciones deberán acudir al mercado anglosajón, que por propia vocación o por el recuerdo de su extinto imperio en los reinos del té, ha logrado sabores sin par al depositar las hojitas y sus mezclas en la hirviente agua que contiene la imprescindible porcelana. Té negro al aroma de vainilla, o de ciruela y pétalos de rosa; té verde con jazmín; té con frutas del bosque o con sabor a melón....

Y un té freddo en Florián, a la sombra del campanile veneciano.

 

 

 

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