Blogs

Tags

UNA TARDE DE TÉ CON SÁBATO

01/MAY

Hace unos diez años acepté la invitación de un amigo para conocer a otro amigo, aunque un poco mayor, una tarde de sábado de primavera.

-Venite hasta Hurlingham que de ahí nos tomamos el tren hasta Santos Lugares, me dijo.

-¿A quién vamos a ver?, pregunté extrañada.

-A Ernesto Sabato-, contestó y colgó el teléfono.

Me quedé con el tubo en la mano. Tenía una sensación que variaba entre entusiasmo e incomodidad, pero a la vez me enamoraba la idea de conocerlo. No era la primera vez que mi amigo lo visitaba a Ernesto. Siempre tuvo una admiración por el escritor, entonces un día quiso devolverle algo de lo que Sabato le había dado en su adolescencia y en su cumpleaños 90, le tocó el timbre.

Como era previsible le dijeron que no podía pasar a saludarlo, entonces desenfundó su gaita escocesa y le dijo a la señora que cuidaba a Ernesto: - No se preocupe, no quiero molestarlo, sólo le traje este regalo-, y comenzó a tocar unas melodías que retumbaban en los vidrios de la casita humilde de Santos Lugares. Al rato, la señora le dijo: -Vení, entrá que Ernesto te quiere conocer-.

Y así siguieron algunas de las visitas en las que una de ellas fue partícipe. Ese sábado de primavera llegamos temprano, pero la señora nos hizo entrar y esperar que Ernesto se levantara de la siesta. Nos guió a una pequeña habitación con un ventanal que daba a un patio interno, con un par de sillones, una biblioteca inmensa y un olor particular, ese que las letras impresas emanan de hojas amarillentas como si hablaran por sí solas.

-Vengan chicos, pasen por acá- y nos llevó a otra sala, un poco más grande, llena de pinturas donde Ernesto nos esperaba.

-Hola Alejito, que bueno que viniste, ahhh y bien acompañado, veo- dijo Ernesto con sonrisa cómplice. Y allí, comenzamos a charlar de todo un poco, de nada en particular.

Nunca le mencioné mis ganas de ser periodista, pero sí notó mi curiosidad ya que no paraba de hacerle preguntas. Llegó el té; nosotros llevamos pan dulce. Ahí comenzamos a hablar sobre esas pinturas que adornaban el taller donde estábamos.

- Ahora pinto porque no puedo escribir, el médico me dijo que ya los ojos no me dan más, ¿te gustan?, me preguntó. El negro dominaba las obras y contrastaba con las paredes color manteca.

-¿Por qué tanto negro Ernesto?, pregunté en mi más pura inocencia. Su mirada dejaba traslucir años y experiencia: - porque la vida en negra-, me dijo. E inmediatamente cambio de tema. -Bueno ahora quiero lo que me trajiste, le dijo a mi amigo mirando a su gaita-. La música hizo que nos calláramos y envolvió todo el ambiente.

Esa tarde conocí a Sabato, gracias por las palabras y por el té, señor.

Analía Llorente ,Subeditora Cronista.com

 

Añadir Comentario

Dejar este campo en blanco (anti spam):